Hay películas que el tiempo hace buenas. Digo esto pensando en Hijos de papá (1980), de Rafel Gil, que adapta la novela de Vizcaíno Casas.
Para entendernos: buena, lo que se dice buena, tampoco es. Pero el tiempo la ha convertido en un testimonio, el retrato de dos generaciones. Los jóvenes de 1946, criados en una España carpetovetónica, fea y católica. Los de 1978, que crecieron en tiempos de cambio. Un cambio que quizás no fue tal, pero esa es otra historia...
Muchos se quedarán con el envoltorio, y no les faltará razón: Gil y Vizcaíno Casas son unos fachas recalcitrantes. Pero ojo, que a pesar de ser calvos, no tienen un pelo de tontos. Fijaos en el personaje del franquista reconvertido a demócrata. No pasa de la insinuación, pero ahí está. Un posicionista como tantos ha habido.
En definitiva, Hijos de papá nos habla de un mundo que ya no existe, y aún con torpezas más que evidentes, lo analiza y lo juzga. Eso, amigos, sería impensable en el cine de hoy, porque aquellos hijos de papá que fumaban porros como alfombras, practicaban sexo en grupo, viajaban a Ibiza, leían libros de ufología o coleccionaban revistas eróticas compradas de tapadillo... Esos, sí, los hijos de papá de los que habla esta película, ahora están talluditos, y son los que cortan el bacalao en nuestro maltrecho cine español. Y no se permiten el lujo de juzgar a las generaciones venideras, ni lo pretenden. Con exponernos sus crisis sentimentales -tal como en las canciones de Amaral-, mostrarnos sus apartamentos de lujo, dejarnos ver sus alcobas, sus prendas de vistosa moda, peinados de rabioso diseño, tienen suficiente.
En fin, y mientras toda esa gente sigue haciendo comedias posmodernas o dramas de diseño... Creo que me voy a retirar para ver de nuevo La diligencia. Al menos ahí sé qué bando me corresponde.
Buenas tardes, chavales!
Juan Luis Garci


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